"Seasons don't fear the reaper,
nor do the wind, the sun or the rain.
We can be like they are..."
Blue Öyster Cult.
Está aterrado, pero no debiera estarlo, ni sentir ese desconsuelo atroz; esto podría ser, incluso, una aventura digna del recuerdo. La luna llena ilumina con un fulgor excepcional el pastizal en medio de la nada, la ciudad está allá abajo, en el lejano valle resplandeciente. Pero la sombra del toro le inunda el corazón. No se espera al sol en el oriente hacia el que apunta la sombra de la cornamenta, y el llanto, que tanto había tardado, al fin estalla.
El abuelo de Carlos era una fotografía vieja, no le representaba más que eso. Su madre le contó algunas cosas: tu abuelo era alfarero, tu abuelo viajaba mucho, tu abuelo era un hombre muy serio con nosotros. Tu abuelo nos abandonó, era un mezquino infeliz que me arruinó la infancia y casi toda la vida. Eso era lo que gritaba la mirada de su madre todos los días; en el silencio de cocina, tabla, cuchillo y chile poblano picado; entre los monosílabos del trapeador exprimido y las sillas, patas para arriba, sobre la mesa del comedor siempre impecable.
Cuando llegó al Distrito Federal, con su madre, Carlos estaba dejando apenas la infancia; ahora tendría que dejar de contar también con el rigor y el cobijo de su padre, en aquella calidez veracruzana que parecía eterna. Por qué no nos fuimos con mi papá a Canadá, por qué nos cambiamos aquí y no allá, por qué no intentaste algo. Carmen no le ofreció una sola respuesta, ahí estaba el velo infranqueable de las actividades domésticas para evitarlas; ella misma no lo sabía, era una voluntad más, cegada ante el poder del inconsciente.
También sin saberlo, Carmen construía en la cotidianidad un escenario para Carlos: el del abandono. Las sufridas contemplaciones a la ventana entreabierta, las resbalosas equiparaciones con el padre, los repentinos llantos. Nada. Carlos mantenía un vínculo afectivo muy poderoso con su papá, como él mismo decía, "gracias a las cartas". Años después, aquella escenografía, apenas y bosquejada por su madre, terminó de desbaratarse en la juventud, gracias a su rápida integración al mundo de las redes digitales; un mundo al que Carmen parecía haber renunciado.
En cambio, Luis sí estaba ahí; cuando decidieron que el intercambio epistolar tangible se convertiría en charlas por mensajero e intercambios de correo electrónico, padre e hijo, de alguna manera, se reencontraron. No pasó mucho tiempo para que la presencia de Luis en casa se convirtiera en un hecho al que Carmen ya no se podría resistir; ya no había largas distancias que alimentaran aquella necesidad de sentir la ausencia de su esposo. Para cada tortuosa conversación telefónica vespertina, había una reconciliación "chatera" en las madrugadas.
Sin embargo, cuando el tejido familiar parecía, con toda su peculiaridad, recomponerse, Carlos había puesto su mirada de regreso en Veracruz. El "objeto" al que representaba aquella fotografía vieja, por fin, se manifestó ante él; el abuelo había regresado, nadie sabía por cuánto tiempo, al puerto donde Carlos nació y sus padres se conocieron. Aquella llamada telefónica fue en definitiva extraña, Carmen, que tenía tantos asuntos pendientes con su interlocutor, sabía que no había mucho de que hablar. La llamada no es por cobrar, ¿verdad papá?, ¿y estás bien?, ¿quieres hablar con tu nieto?
El abuelo volvió a su estado natural: el ausente, pero su efímera aparición le dejó abierta una puerta a Carlos, para ejercer la profesión que estaba a punto de concluir, en su lugar de origen. Su madre no lo podía culpar, quizá sí al abuelo, quien de nuevo volvería a dejarla sola. Pero Carmen ya no lo entendió así; ahora la vida le exigía comunicarse y sabía que tenía que hacerlo; que el mundo le ofrecía múltiples herramientas para hacerlo.
En la SEMARNAT, la vida del burócrata es casi como la pintan, pensaba Carlos. Colaboraba con el equipo de investigación en varios proyectos fantasmas y un que otro simulacro; no sabía si sentirse agradecido con su abuelo o si esta era otra de sus fechorías. Sea como fuere, vivía razonablemente bien y ya podía ir pensando en patrimonios y cosas de ese tipo, tal y como correspondía a cualquiera de su edad. De pronto, el teléfono sonó, acabando con sus cabilaciones. Era la voz de Luis, su papá, lo cual le pareció un tanto extraño, después de todo se veían en Facebook casi a diario. Carlos, hijo, estoy en México, tengo malas noticias; tu abuelo falleció en la madrugada y tu mamá está bastante mal. ¿Puedes venir a México?, el velorio comienza a las 8.
Carlos enmudeció. Apenas y pudo contestar afirmativamente a las preguntas de su papá. Sí iré. Sí, estoy bien papá, gracias por avisarme. Lo más desconcertante para él era su propio desconcierto. De nuevo, aquel desconocido de la vieja fotografía; al que nunca pudo agradecer, reclamar o estrecharle la mano, y con quien apenas cruzó algunas palabras por teléfono, se manifestaba de manera abrupta. Ahora, como estaba escrito, seguiría su desaparición, pero esta vez sería definitiva.
Sin más, tras asimilar la noticia, avisó a su jefe, recibió la autorización correspondiente, regresó a su oficina y tomó su chamarra. Afuera, como ya era costumbre en Jalapa, el mediodía prescindía del sol, por fortuna la lluvia no caía aun. Se colocó los audífonos y encendió su iPod, no necesitaba más accesorios. Decidió que haría el viaje en autobús; con todo y la emergencia, prefería lidiar con sus pensamientos a bordo de un vehículo y no en una sala de espera.
En menos de una hora, Carlos ya se encontraba camino al DF, ya estaba más tranquilo, pero no dejaba de pensar en la escena que estaba a punto de prescenciar, sería su primer velorio y sin duda sería de lo más extraño. Creó una lista en su iPod tratando de evitar canciones relacionadas con el tema de la muerte; eso le llevó casi una hora, justo el día anterior había guardado en su reproductor el primer disco de los Caifanes.
La lista de canciones no le agradó; a pesar de la cuidadosa selección, la muerte se asomaba en la frase menos pensada. Justo cuando pensaba en hacer otra lista, el sueño apareció, regalándole un par de horas de descanso. A las cinco y media de la tarde, el autobús hizo una parada que lo despertó. Aprovechó para comerse el lunch de cortesía y descansar un poco los oídos. Pasaron más de 30 minutos, al parecer, algo andaba mal con el motor.
El atardecer casi concluía con el autobús en marcha; las montañas quedaban atrás, dando paso a enormes planicies que parecían repetirse infinitamente desde la ventana. El anochecer llegaba y un olor a humo se intensificaba al interior del vehículo. Carlos fue el único en reclamar, pero el conductor le invitó a conservar la calma; la próxima caseta estaba cerca y ahí aprovecharía para enfriar el motor y hacer los ajustes necesarios. Sin embargo, la aparente tranquilidad de Carlos desaparecía con la situación. Se colocó de nuevo los audífonos e inició una reproducción en orden aleatorio del contenido en su reproductor.
El ataúd, las flores, la tristeza de su madre, el desconcierto del padre, los parientes que nunca se reúnen, la solemnidad. Imágenes tan nítidas como si ya hubieran sido experimentadas, aparecieron en sus sueños. Despertó asustado, al mirar por la ventana, la oscuridad que prevalecía sobre una blanca luz de luna llena no ofrecía ningún consuelo. "All our times have come. Here but now they're gone." sonaba en el iPod; vaya canción ad hoc pensó Carlos, mientras, a través de la ventana, la silueta de un toro de Osborne apenas se distinguía a unos 100 metros de distancia. De pronto el autobús paró, el conductor bajó a tratar de arreglar el desperfecto. Carlos lo miraba por la ventana, desesperado.
Ya son las 8:30 de la noche y Carlos decide bajar del autobús para ver cómo marchan las cosas. El chofer está parado frente al motor humeante. Mejor súbase joven, en lo que llega el otro autobús. Más pasajeros bajan, estirando piernas y brazos, bostezando. Carlos se aparta del grupo, una sensación de vacío le recorre todo el cuerpo. Al voltear se da cuenta de que, ahora, el anuncio del toro se ve con toda claridad, más cercano e imponente.
Camina hacia él, como lo haría un torero, haciendo frente a su temor. La muerte sigue allí, en su cabeza, y el féretro del desconocido abuelo parece materializarse. Su teléfono celular suena, el número de Carmen aparece en la pantalla. No contesta, sigue avanzando hacia aquella figura. Se postra frente a ella; toca una de sus grandes patas y mira hacia su cornamenta.
Está aterrado, pero no debiera estarlo, ni sentir ese desconsuelo atroz; esto podría ser, incluso, una aventura digna del recuerdo. La luna llena ilumina con un fulgor excepcional el pastizal en medio de la nada, la ciudad está allá abajo, en el lejano valle resplandeciente. Pero la sombra del toro le inunda el corazón. No se espera al sol en el oriente hacia el que apunta la sombra de la cornamenta, y el llanto, que tanto había tardado, al fin estalla.
Cuando llegó al Distrito Federal, con su madre, Carlos estaba dejando apenas la infancia; ahora tendría que dejar de contar también con el rigor y el cobijo de su padre, en aquella calidez veracruzana que parecía eterna. Por qué no nos fuimos con mi papá a Canadá, por qué nos cambiamos aquí y no allá, por qué no intentaste algo. Carmen no le ofreció una sola respuesta, ahí estaba el velo infranqueable de las actividades domésticas para evitarlas; ella misma no lo sabía, era una voluntad más, cegada ante el poder del inconsciente.
También sin saberlo, Carmen construía en la cotidianidad un escenario para Carlos: el del abandono. Las sufridas contemplaciones a la ventana entreabierta, las resbalosas equiparaciones con el padre, los repentinos llantos. Nada. Carlos mantenía un vínculo afectivo muy poderoso con su papá, como él mismo decía, "gracias a las cartas". Años después, aquella escenografía, apenas y bosquejada por su madre, terminó de desbaratarse en la juventud, gracias a su rápida integración al mundo de las redes digitales; un mundo al que Carmen parecía haber renunciado.
En cambio, Luis sí estaba ahí; cuando decidieron que el intercambio epistolar tangible se convertiría en charlas por mensajero e intercambios de correo electrónico, padre e hijo, de alguna manera, se reencontraron. No pasó mucho tiempo para que la presencia de Luis en casa se convirtiera en un hecho al que Carmen ya no se podría resistir; ya no había largas distancias que alimentaran aquella necesidad de sentir la ausencia de su esposo. Para cada tortuosa conversación telefónica vespertina, había una reconciliación "chatera" en las madrugadas.
Sin embargo, cuando el tejido familiar parecía, con toda su peculiaridad, recomponerse, Carlos había puesto su mirada de regreso en Veracruz. El "objeto" al que representaba aquella fotografía vieja, por fin, se manifestó ante él; el abuelo había regresado, nadie sabía por cuánto tiempo, al puerto donde Carlos nació y sus padres se conocieron. Aquella llamada telefónica fue en definitiva extraña, Carmen, que tenía tantos asuntos pendientes con su interlocutor, sabía que no había mucho de que hablar. La llamada no es por cobrar, ¿verdad papá?, ¿y estás bien?, ¿quieres hablar con tu nieto?
El abuelo volvió a su estado natural: el ausente, pero su efímera aparición le dejó abierta una puerta a Carlos, para ejercer la profesión que estaba a punto de concluir, en su lugar de origen. Su madre no lo podía culpar, quizá sí al abuelo, quien de nuevo volvería a dejarla sola. Pero Carmen ya no lo entendió así; ahora la vida le exigía comunicarse y sabía que tenía que hacerlo; que el mundo le ofrecía múltiples herramientas para hacerlo.
En la SEMARNAT, la vida del burócrata es casi como la pintan, pensaba Carlos. Colaboraba con el equipo de investigación en varios proyectos fantasmas y un que otro simulacro; no sabía si sentirse agradecido con su abuelo o si esta era otra de sus fechorías. Sea como fuere, vivía razonablemente bien y ya podía ir pensando en patrimonios y cosas de ese tipo, tal y como correspondía a cualquiera de su edad. De pronto, el teléfono sonó, acabando con sus cabilaciones. Era la voz de Luis, su papá, lo cual le pareció un tanto extraño, después de todo se veían en Facebook casi a diario. Carlos, hijo, estoy en México, tengo malas noticias; tu abuelo falleció en la madrugada y tu mamá está bastante mal. ¿Puedes venir a México?, el velorio comienza a las 8.
Carlos enmudeció. Apenas y pudo contestar afirmativamente a las preguntas de su papá. Sí iré. Sí, estoy bien papá, gracias por avisarme. Lo más desconcertante para él era su propio desconcierto. De nuevo, aquel desconocido de la vieja fotografía; al que nunca pudo agradecer, reclamar o estrecharle la mano, y con quien apenas cruzó algunas palabras por teléfono, se manifestaba de manera abrupta. Ahora, como estaba escrito, seguiría su desaparición, pero esta vez sería definitiva.
Sin más, tras asimilar la noticia, avisó a su jefe, recibió la autorización correspondiente, regresó a su oficina y tomó su chamarra. Afuera, como ya era costumbre en Jalapa, el mediodía prescindía del sol, por fortuna la lluvia no caía aun. Se colocó los audífonos y encendió su iPod, no necesitaba más accesorios. Decidió que haría el viaje en autobús; con todo y la emergencia, prefería lidiar con sus pensamientos a bordo de un vehículo y no en una sala de espera.
En menos de una hora, Carlos ya se encontraba camino al DF, ya estaba más tranquilo, pero no dejaba de pensar en la escena que estaba a punto de prescenciar, sería su primer velorio y sin duda sería de lo más extraño. Creó una lista en su iPod tratando de evitar canciones relacionadas con el tema de la muerte; eso le llevó casi una hora, justo el día anterior había guardado en su reproductor el primer disco de los Caifanes.
La lista de canciones no le agradó; a pesar de la cuidadosa selección, la muerte se asomaba en la frase menos pensada. Justo cuando pensaba en hacer otra lista, el sueño apareció, regalándole un par de horas de descanso. A las cinco y media de la tarde, el autobús hizo una parada que lo despertó. Aprovechó para comerse el lunch de cortesía y descansar un poco los oídos. Pasaron más de 30 minutos, al parecer, algo andaba mal con el motor.
El atardecer casi concluía con el autobús en marcha; las montañas quedaban atrás, dando paso a enormes planicies que parecían repetirse infinitamente desde la ventana. El anochecer llegaba y un olor a humo se intensificaba al interior del vehículo. Carlos fue el único en reclamar, pero el conductor le invitó a conservar la calma; la próxima caseta estaba cerca y ahí aprovecharía para enfriar el motor y hacer los ajustes necesarios. Sin embargo, la aparente tranquilidad de Carlos desaparecía con la situación. Se colocó de nuevo los audífonos e inició una reproducción en orden aleatorio del contenido en su reproductor.
El ataúd, las flores, la tristeza de su madre, el desconcierto del padre, los parientes que nunca se reúnen, la solemnidad. Imágenes tan nítidas como si ya hubieran sido experimentadas, aparecieron en sus sueños. Despertó asustado, al mirar por la ventana, la oscuridad que prevalecía sobre una blanca luz de luna llena no ofrecía ningún consuelo. "All our times have come. Here but now they're gone." sonaba en el iPod; vaya canción ad hoc pensó Carlos, mientras, a través de la ventana, la silueta de un toro de Osborne apenas se distinguía a unos 100 metros de distancia. De pronto el autobús paró, el conductor bajó a tratar de arreglar el desperfecto. Carlos lo miraba por la ventana, desesperado.
Ya son las 8:30 de la noche y Carlos decide bajar del autobús para ver cómo marchan las cosas. El chofer está parado frente al motor humeante. Mejor súbase joven, en lo que llega el otro autobús. Más pasajeros bajan, estirando piernas y brazos, bostezando. Carlos se aparta del grupo, una sensación de vacío le recorre todo el cuerpo. Al voltear se da cuenta de que, ahora, el anuncio del toro se ve con toda claridad, más cercano e imponente.
Camina hacia él, como lo haría un torero, haciendo frente a su temor. La muerte sigue allí, en su cabeza, y el féretro del desconocido abuelo parece materializarse. Su teléfono celular suena, el número de Carmen aparece en la pantalla. No contesta, sigue avanzando hacia aquella figura. Se postra frente a ella; toca una de sus grandes patas y mira hacia su cornamenta.
Está aterrado, pero no debiera estarlo, ni sentir ese desconsuelo atroz; esto podría ser, incluso, una aventura digna del recuerdo. La luna llena ilumina con un fulgor excepcional el pastizal en medio de la nada, la ciudad está allá abajo, en el lejano valle resplandeciente. Pero la sombra del toro le inunda el corazón. No se espera al sol en el oriente hacia el que apunta la sombra de la cornamenta, y el llanto, que tanto había tardado, al fin estalla.

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