Cefalópodo.
Me he decidido, al fin, a escribir sobre Cine en este Blog. Por supuesto, de cine que se ve en el cine; con paga de boleto, compras en la dulcería, incertidumbres respecto a la proyección, y cuantos etcéteras conozcan incluidos. Así que, sin darle más vueltas, corto el listón con Cefalópodo, segundo filme del mexicano Rubén Imaz, a quien la ultra famosa revista Cine Premiere ha incluido en su lista de "los 13 directores mexicanos que hay que seguir".
Principal virtud: Una narrativa sólida.
Nada sencillo contar la historia de Sebastián (Unax Ugalde), un joven artista vasco-mexicano (quizá de 30 años de edad) que llega a la Ciudad de México de nuestros días, con una encomienda imposible: cumplir con la promesa hecha a su pareja, antes de siquiera imaginar la muerte de ésta, de hacer este viaje a México con ella. A pesar del punto de partida desolador, y, como lo muestra la primera escena -en la que, afectado por la presión del aire durante el vuelo, Sebastián recibe la atención de una azafata para terminar de colocarse una mascarilla conectada a un pequeño tanque de oxígeno-, la película ofrece, desde el principio, la promesa de alivio; de un nuevo aliento.
Repentinamente estamos en la cabeza de Sebastián, como él, esperamos ver en el carrusel del equipaje del aeropuerto una maleta que no aparecerá. La pérdida cobra un sentido todavía más profundo; ya en el taxi, la nunca inoportuna voz en off que representa el pensamiento de Sebastián, nos lleva al recuerdo de la mujer que ha perdido para siempre. Aparece una terrible certeza: la maleta, tarde o temprano, volverá. Ella no.
Una vez instalados detrás de la mirada de Sebastián, Imaz nos ha atrapado. Ahora está dispuesto a emplear las imágenes de nuestro Distrito Federal para involucrarnos con el andar de su personaje. Nos subiremos al microbús con él y pintaremos algo en una de sus ventanas, compraremos un cigarro a un dulcero caminante, nos tomaremos por la tarde unos pulques escuchando a un conjunto de músicos norteños, caminaremos ebrios y drogados durante la madrugada, en busca de otra fiesta, de otro escape.
La historia, con toda su denzura, marcha viento en popa. Todo está bien contado y fotografiado; queremos, como Sebastián, continuar escapando de la tristeza. Nos espera entonces otro viaje, el de -como dice el mismo Imaz- la "Sanación". En ese viaje buscaremos al Cefalópodo y entenderemos el porqué de esta misión.
La poética del mar y del desierto.
Qué se te perdió, le pregunta Emilia (Alejandra Ambrosi) a Sebastián, cuando éste le cuenta que debe ir a Guaymas, Sonora. En realidad, todo es parte de la promesa. Sí, viajamos a Guaymas; ahora Imaz utilizará las estupendas locaciones del estado de Sonora para continuar con su proceso terapéutico, con su poética tanatológica. Para encontrar al Cefalópodo pasaremos de Guaymas a la Bahía de Kino, donde las dunas del desierto se encuentran con el mar.
Busquemos a la muerte, acompañemos a Sebastián a cruzar ese horizonte. Detrás de alguna de esas dunas espera el mar del Cefalópodo, donde encararemos de una vez por todas a esa Muerte que no para de arrebatarlo todo. Algo nos tendrá que decir, algo podremos hacer frente a ella para que nos permita unos instantes con la persona que hemos perdido, y de la cual queremos despedirnos. Sebastián ya no está ahí, ahí estamos todos, ante nuestra pérdida, queriendo decir adiós.
Cefalópodo cuenta con un estupendo trabajo fotográfico de Gerardo Barroso y está impecablemente musicalizada por Pascual Reyes, fue ganadora de los premios: Mejor Ópera Prima Mexicana y Mejor Actor, en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, y su estreno fue el 24 de septiembre. Todavía está en cartelera; búsquenla, vale la "pena".
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