Primero, y en contra de todas las descripciones y opiniones consultadas, la de Acapulco es una bahía hermosa; enorme. De un azul intenso y radiante, las aguas de ese mar tranquilo que quizá todos ustedes conocen, dan tono a la ciudad-avenida: la famosísima Costera Miguel Alemán, que también es fiesta eterna, baile de madrugada, deseo incansable y espejismo.
El té de manzanilla a las seis de la mañana; que sorbía inapropiadamente mientras leía el encabezado de La Jornada local en la estación de autobuses, la búsqueda de hospedaje en pleno amanecer, el club de playa, su piscina impecable y la cerveza-servida-en-su-envase-a-temperatura-perfecta, las largas caminatas nocturnas por la costera y el malecón, los heroicos y cuasi suicidas clavadistas lanzándose al vacío después de una gloriosa puesta de sol en “La Quebrada”; son recuerdos puros, acaso empañados por las imágenes breves e intermitentes del pez muerto y el tenis enmohecido, con los que me topé, encallados, en mi primer paseo sobre las, sí, “arenas doradas de la playa de Acapulco”.
Pero también hubo “infortunios”; tras devorar un plato de campechana en la marisquería “Los Buzos”, una voraz infección desencadenó toda su potencia diarreica en mis ya de por sí lastimados intestinos, obligándome a consumir cantidades considerables de antisépticos, anti diarreicos, sedantes y otras menudencias genéricas que, al permitirme sopesar los desagradables síntomas de la enfermedad durante el último día de estancia y el viaje de regreso, iban preparando el escenario posterior: Adulto de 33 años, soltero; hecho mierda en un cuartucho de mala muerte al suroriente de la Ciudad de México.
Tras aquella espera que comenzó con el 2010, las vacaciones que tomé al finalizar febrero tuvieron un desenlace momentáneamente desolador; a decir verdad me dejaron “fuera de combate”; en un lapsus zombi, hasta la llegada de la primavera. Si bien los registros valiosos del periplo ocupaban su sitio preciso en mi memoria, las condiciones fisiológicas en que me encontraba no les permitían hacer frente a la ya plena conciencia de que lo hecho al finalizar el 2009 fue un error: me había precipitado al mudarme, y me encontraba ahora en una especie de celda de la que, por salud mental y física, debía salir cuanto antes.
Y es que, la euforia de la década por venir, me llevó (el pasado diciembre) a la esquina de Churubusco y Ermita a vivir entre la clase media acomodada como un intruso; ocupando un espacio extraño y perjudicial para ellos: la habitación más micro, en una micro unidad departamental, construida sobre lo que debía ser el terreno para la casa de algún exitoso micro-empresario.
Así lo iba entendiendo, demasiado tarde; después de haberme instalado en esa precariedad, y así me quedó claro a mi regreso al DF; luego del sueño recurrente en el que, el lúgubre paseo de una hora por la “zona diamante” –el último lugar que visité en Acapulco– se convertía en una peregrinación perpetua a lo largo de ese litoral agitado por las intensas ventiscas de arena fina y grisácea, al pie de edificaciones monstruosas, abandonadas e inconclusas.
El sueño continuaba, y el esbozo de una bahía alejada de intrusos y salvajes como yo; destinada a ser el último refugio de los adinerados legítimos del mundo, se venía abajo; no había diques ni espigones que contuvieran la fiereza del mar abierto, pero tampoco había punto ni posibilidad para el retorno; sólo estaban el triste litoral infinito y su alternativa: el poniente; en dirección al pálido ocaso, donde sería devorado por el mar.
El sueño terminaba –por obra y gracia de la fortuna– cuando sentía el frío alcance del oleaje próximo, bajo las plantas de mis pies llenos de arena, en dirección al sol del atardecer. La última vez que lo soñé, aguardé al amanecer, despierto, para tomar una decisión: asumir el extravío y recomponer el camino.
Después conté mis pequeños ahorros y comencé la búsqueda que me ha traído hasta aquí; al lugar desde donde ahora escribo; entre la avenida Revolución y el Periférico, bastante más cerca de la felicidad.
Enero, febrero y marzo se fueron. Hiberné. Abril lleva 6 días de abrazar a la primavera. Y yo he despertado al 2010.
...
El té de manzanilla a las seis de la mañana; que sorbía inapropiadamente mientras leía el encabezado de La Jornada local en la estación de autobuses, la búsqueda de hospedaje en pleno amanecer, el club de playa, su piscina impecable y la cerveza-servida-en-su-envase-a-temperatura-perfecta, las largas caminatas nocturnas por la costera y el malecón, los heroicos y cuasi suicidas clavadistas lanzándose al vacío después de una gloriosa puesta de sol en “La Quebrada”; son recuerdos puros, acaso empañados por las imágenes breves e intermitentes del pez muerto y el tenis enmohecido, con los que me topé, encallados, en mi primer paseo sobre las, sí, “arenas doradas de la playa de Acapulco”.
Pero también hubo “infortunios”; tras devorar un plato de campechana en la marisquería “Los Buzos”, una voraz infección desencadenó toda su potencia diarreica en mis ya de por sí lastimados intestinos, obligándome a consumir cantidades considerables de antisépticos, anti diarreicos, sedantes y otras menudencias genéricas que, al permitirme sopesar los desagradables síntomas de la enfermedad durante el último día de estancia y el viaje de regreso, iban preparando el escenario posterior: Adulto de 33 años, soltero; hecho mierda en un cuartucho de mala muerte al suroriente de la Ciudad de México.
Tras aquella espera que comenzó con el 2010, las vacaciones que tomé al finalizar febrero tuvieron un desenlace momentáneamente desolador; a decir verdad me dejaron “fuera de combate”; en un lapsus zombi, hasta la llegada de la primavera. Si bien los registros valiosos del periplo ocupaban su sitio preciso en mi memoria, las condiciones fisiológicas en que me encontraba no les permitían hacer frente a la ya plena conciencia de que lo hecho al finalizar el 2009 fue un error: me había precipitado al mudarme, y me encontraba ahora en una especie de celda de la que, por salud mental y física, debía salir cuanto antes.
Y es que, la euforia de la década por venir, me llevó (el pasado diciembre) a la esquina de Churubusco y Ermita a vivir entre la clase media acomodada como un intruso; ocupando un espacio extraño y perjudicial para ellos: la habitación más micro, en una micro unidad departamental, construida sobre lo que debía ser el terreno para la casa de algún exitoso micro-empresario.
Así lo iba entendiendo, demasiado tarde; después de haberme instalado en esa precariedad, y así me quedó claro a mi regreso al DF; luego del sueño recurrente en el que, el lúgubre paseo de una hora por la “zona diamante” –el último lugar que visité en Acapulco– se convertía en una peregrinación perpetua a lo largo de ese litoral agitado por las intensas ventiscas de arena fina y grisácea, al pie de edificaciones monstruosas, abandonadas e inconclusas.
El sueño continuaba, y el esbozo de una bahía alejada de intrusos y salvajes como yo; destinada a ser el último refugio de los adinerados legítimos del mundo, se venía abajo; no había diques ni espigones que contuvieran la fiereza del mar abierto, pero tampoco había punto ni posibilidad para el retorno; sólo estaban el triste litoral infinito y su alternativa: el poniente; en dirección al pálido ocaso, donde sería devorado por el mar.
El sueño terminaba –por obra y gracia de la fortuna– cuando sentía el frío alcance del oleaje próximo, bajo las plantas de mis pies llenos de arena, en dirección al sol del atardecer. La última vez que lo soñé, aguardé al amanecer, despierto, para tomar una decisión: asumir el extravío y recomponer el camino.
Después conté mis pequeños ahorros y comencé la búsqueda que me ha traído hasta aquí; al lugar desde donde ahora escribo; entre la avenida Revolución y el Periférico, bastante más cerca de la felicidad.
Enero, febrero y marzo se fueron. Hiberné. Abril lleva 6 días de abrazar a la primavera. Y yo he despertado al 2010.
...
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
Deposite aquí su comentario, alimente a la Bestia.